Palpita la noche lustral
en el abanico colorido
de la mujer abandonada.
En cada muerte, los ojos y
los infartos fulminan los latidos
de las venganzas seductoras.
La flora termina al final
apaciguando ánimos y desenlaces.
Los espejos están llenos del consabido
pudor de ficción y tristezas.
Mónologo de nervios e hipótesis.
En el jardín de los crepúsculos,
los tangos quieren ser rosas,
quieren ser brisa, pero
sólo serán gotas de nostalgia.
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