Déjala que caiga, será
una referencia para comprender
la complejidad del aburrimiento.
Lisboa, en invierno, cede
atmósferas de magia y sensibilidad.
Esa noche, Marcel Marceu
cantará la canción del verdugo,
sosteniendo en sus extremos
el silencio cómplice como
una crisálida que el tiempo dislocó
como todo lo sucesivo.
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